La Gata Angélica
Para mi amiga : Angie Gómez
Mi abuelita Angélica a sus 98 años todavía conserva su belleza, energía y sobre todo la lucidez en su memoria, siempre me asombró su gran capacidad de recordar los hechos con lujo de detalles como nombres, lugares, fechas y demás elementos que adornaban sus relatos sobre tal o cual evento vividos por ella y/o acontecido en algún lugar del planeta.
Desde que yo era niña me encantaba visitarla en su casita blanca, siempre pulcra. Al llegar a su refugio, a como ella llamaba a su casita, la encontraba sentada en su mecedora de madera torneada y tejida de juncos en la terraza del patio contemplando el horizonte tapizado de montañas azules. Después de los efusivos saludes, me hacía sentar en un pequeño sofá, su preferido y el cual estaba adornado por 2 almohadones rellenos de plumas de garzas y dos pequeños cojines. Ella no permitía que nadie se sentase en el sofá con excepción mía y Dios guarde a criatura alguna que osase tocar sus almohadones. No se si era por ser yo la mayor de sus nietas, por tener un pequeño parecido a su físico o asemejarme a ella en el carácter, no lo se y nunca se lo pregunté, pero lo que si era verdad era que ella me daba licencia de tumbarme en su sofá y juguetear con sus almohadones mientras se tomaba la libertad de contarme cosas que a nadie más le contaba.
La historia favorita que me encantaba escuchar era del por que le decían La Gata Angélica. Mi abuelita es de piel morena clara, con unos ojos negros penetrante que cuando te veía inquisitivamente parecía leerte el alma, con una cabellera negra azabache tan lisa que ella misma decía que nunca tuvo caspa ni piojos por que se resbalaban los condenados por lo lacio de su pelo. Siempre fue rebelde desde pequeña, no había árbol que no pudiese trepar ni bestia que no hubiese sido montada por ella, hasta en una ocasión montó toros en una barrera del pueblo. A pesar de tener esos aires de chimbarona, su femineidad nunca fue puesta en duda, coqueta hasta los tuétanos, pícara hasta la pared de en frente y con un cuerpazo más sensual que las sirenas pintadas en el bar de Poncho. Esa era mi abuela.
Pero nada de lo anteriormente dicho era la razón del por que ella era conocida como la Gata Angélica. La primera vez que me contó esa historia, me cautivo, no se si por la elegancia de sus palabras, por lo mágico del relato o lo misterioso de su contenido. No lo se, pero me encantaba escucharlo.
Hoy, que me encuentro embarazada por primera vez de una niña, y con el parto a la vuelta de la esquina he ido a visitarla nuevamente pero por una razón diferente, quiero pedirle que sea ella quien le ponga el nombre a mi hija, quien en lo secreto he deseado llamarla Rosa, ya que en la familia todos han estado sugiriendo nombres para la criatura menos mi abuelita.
Pero antes de decirle que le daría el honor de escogerle el nombre a mi hija le pedí que nuevamente me cuente la historia del por que la llaman La Gata Angélica.
Ella me tomó de las manos, mientras se balanceaba con cadencia rítmica en su mecedora, atisbaba el horizonte como queriendo traer el pasado con la mirada y comenzaba su relato con:
- cuando yo era pequeña, a la sazón tendría unos 9 años cumplidos, llegó al pueblo un circo gitano, no era común que nos visitaran circos a este pueblito olvidado del mundo. Fue algo muy sobresaliente en la historia de aquí por que nunca más volvió circo alguno a visitarnos, tanto así que la historia del pueblo se dividió en los años antes y los años después de la visita del circo gitano. Traían con ellos animales exóticos nunca visto por ojo humano por estas latitudes, trapecistas que desafiaban la gravedad y brincaban como monos haciendo cabriolas. Pero lo que más me cautivó fue la presencia de la adivina que leía las manos, en ese entonces, como yo era la más aventada del grupo de amigas, me lanzaron a que fuera a ver a la vidente gitana. Con un valor que no tenía me aventuré a entrar a la tienda que se encontraba semioscura, alumbrada por una variedad de cirios de colores y un olor a flores imperaba en el local.
Tuve que adaptar mis ojos a la penumbra donde ví a una mujer más alta que la gigantona, tan bella como el amanecer y coloridamente vestida quien al verme entrar me saludo con una sonrisa de complicidad mientras me guiñaba un ojo. Ella me dijo que ya sabía a lo que yo llegaba, y la verdad que ni yo sabía por que estaba ahí, pero esas palabras de ellas me dieron confianza. Me indicó que me sentara frente a ella y me pidió que extendiera mis brazos hacia ella y colocara las palmas de mis manos abiertas hacia arriba. Sin tocármelas las observó un largo rato mientras murmuraba palabras en su lenguaje caló.
Luego me vio a los ojos, ella tenía unos ojos claros como la miel, delineados por una pintura oscura que acentuaba su brillo. Me dijo que tendría una vida rica en experiencias, que sobreviviría a siete maridos y que con el último, o sea el séptimo mi corazón iba a encontrar el sosiego, que yo viviría tanto como para poder ver a mi tercera descendencia y que cuando esto ocurriese debería de entregarle a ella la piedra que puso sobre mi mano.
Mientras la gitana hablaba yo no entendía por que la gente decía que los gitanos eran malos, yo no le encontré nada extraño en su comportamiento, pero si me sorprendió que no me pidió nada de dinero cuando ella terminó de hablar, solo me dijo que guardara el secreto hasta que fuera mayor, junto con la piedra para que no se rompiera el encantó.
Cuando salí de la tienda, mis amigas me rodearon queriendo saber que era lo que había ocurrido allá adentro, con temor de romper la magia de lo dicho por la gitana pero poniéndole un poco de ingenio yo solo les dije que la mujer me dijo que yo era una gata por que tenia muchas vidas, no les dije que era por lo de sería viuda siete veces, y que no me dijo nada más, mis amigas se rieron y desde entonces me comenzaron a llamar La Gata Angélica.
Y efectivamente, la gitana tenía razón, me he casado siete veces y las siete veces he enviudado, mi vida ha estado llena de riquezas y he sobrevivido incluso a mis amistades por que de mi generación soy la única que quedo viva y hoy, a la víspera de tu parto, de poder ver a mi primera bisnieta, quiero obsequiarte la piedra que con tanto amor y cariño he conservado y que aquella gitana me obsequiara.
Cuando mi abuela terminó de hablar, se quedó inmóvil un largo rato, con una sonrisa picaramente dibujada en su rostro como saboreando sus pensamientos. Luego sin soltar mis manos me pidió que le extendiera uno de los almohadones.
Se lo puse en su regazo y ella delicadamente comenzó a quitarle la costura de uno de sus bordes, yo la miraba sorprendida y vi cuando ella metió su mano mientras rebatía las plumas de garzas dentro del forro buscando algo. Luego sacó la mano empuñada y sacudiéndose algunas plumas que se le habían quedado prendidas en su muñeca, me extendió su brazo y colocó un objeto en mi mano.
Era un camafeo, que tenía grabada la imagen de un ángel por un lado, la piedra era de una belleza exquisita, el grabado era perfecto, yo estaba embelezada por el obsequio.
La delicada voz de mi abuelita se deslizó en el silencio del momento y me dijo: - yo se por que has venido hoy, por eso te la obsequio. Yo me sorprendía aun más y viendo la mirada penetrante de sus ojos negros me dijo como en un susurro: - voltea la piedra.
Al hacerlo, mi corazón dio un vuelco, ahí, grabada en bajo relieve, con una elegante caligrafía estaba inscrita la palabra: ROSA.
Managua, jueves 22 de septiembre de 2005 – 01:28 pm